
El cielo estaba plomizo y las gaviotas huían sobrevolando el asfalto. Al fin y al cabo, el mismo gris, sin posibilidad de huída. Tampoco yo podía escapar de ti. En un sopor que mezclaba conciencia y fantasía, te inventaba. Mirabas la arena húmeda, encharcada quizás, y buscabas algo lejano a través de la espuma que vomitaban las olas, irremediablemente locas. Las saltabas con el pensamiento y en esos brincos los ojos casi atisbaban la otra orilla. ¿Me imaginará? ¿Sabrá que lo deseo entre estas sábanas ya otoñales? El mar las iba mojando de irrealidades, quedándome finalmente sumida en un profundo sueño. Asomada en una terraza, vi cómo un torrente de letras giraba la plazoleta que tenía bajo mis pies. Enormes, con tinta muy negra sobre un océano blanco, las líneas doblaban la rotonda y su vaivén llegaba hasta mí. No supe más. De golpe, me senté en un caudal de sudor y sonrisas, con el corazón tronando en la boca, con tu temporal abrazado al mío.